La vi por primera vez

“Entonces, la tomé entre mis brazos y sentí como se acomodó en mi pecho, me miró y con su mano sujetó mi dedo índice con fuerza como si no quisiera dejarme ir nunca más, en ese momento lo supe, supe que la cosa más maravillosa del mundo había llegado a mi vida”

 

Recuerdo que alguna vez escuché en una película un monólogo como ése, en donde todo era alegría para los papás. Toda la vida me había considerado una persona incapaz de demostrar mis sentimientos, sin embargo, el día que conocí a mi hija descubrí una sensación que no cabía en mi pecho y los ojos se me llenaron de lágrimas.

 

“Aquí está tu hija”

 

Mi hija nació una tarde de domingo, en un hospital privado de la Ciudad de México.

 

Mi locura por conocerla comenzó exactamente en el momento que el doctor, ginecólogo de toda nuestra confianza, me dio un traje quirúrgico azul diciéndome: “Papá, ya va a comenzar el proceso de parto de su esposa, yo voy a entrar primero para preparar la sala de expulsión. Quiero que te vistas con esto y entres con el pediatra en 10 min”.

 

Con el corazón latiéndome aceleradamente en el pecho, la boca seca y los oídos tapados de la emoción, me coloqué el traje quirúrgico y caminé con el pediatra hasta la sala de expulsión donde se encontraba mi esposa comenzando la labor de parto. Esperé de pie con los puños apretados y los ojos bien abiertos. Me sentí como si estuviera en una película, aquella en la que no sólo tenía uno de los papeles principales, sino en la que presenciaba el nacimiento de mi propia hija, quien tenía el papel estelar junto con mi esposa, acompañado del “trio dinámico” de médicos encargados de la salud de mis mujeres: el ginecólogo, el pediatra y el anestesiólogo.

 

Después de unos minutos en el quirófano, escuché al ginecólogo decirle al anestesiólogo “quiero que me ayudes a sacar a la bebé, te vas a subir a la panza de ella y con fuerza vas a empujar para que la niña baje”, enseguida le pidieron a mi esposa que hiciera el pujido más fuerte de todos ya que esta vez mi hija estaba a punto de llegar a este mundo. Tal vez mi esposa estaba muerta de miedo, pero en ese momento ella hizo exactamente lo que le indicaron y a la señal del ginecólogo pujó como nunca antes lo había hecho, aquella escena en donde el anestesiólogo se “sube” a la panza de mi esposa para ayudar a bajar a la bebé fue el clímax de esta historia.

 

Fue en un abrir y cerrar de ojos cuando escuché el llanto de mi pequeña, aquel llanto que seguirá en mi memoria por el resto de mis días. Era la niña con la piel color rosa más bonita de todo el mundo. Con mucho miedo y precaución, por invitación del doctor, corté el cordón umbilical que unía a mis mujeres.

 

No podía esperar ni un segundo más para tener a mi hija entre mis brazos. El pediatra junto con los enfermeros, limpiaron de pies a cabeza a mi pequeña, la envolvieron en una cobija y nos la presentaron formalmente: “papás, está es su hija, felicidades”.

 

Es increíble lo que una personita de 3.360 kg y 51 cm puede causar en ti, no sabía si reir o llorar de felicidad.

 

Después de acompañar al médico a realizar los trámites y procesos que conllevan un parto, hoja de alumbramiento, sutura y limpieza, etc., me informaron que mi esposa iba a ser llevada a piso, fue ahí, en esa habitación de hospital donde la abracé, felicité y agradecí por haber traído al mundo a nuestra preciosa hija.

 

Hoy puedo asegurar una cosa, nada fue como en las películas… realmente fue muchísimo mejor.

 

Miguel – papaimexicano

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