Proyecto “Papás por el mundo” – #37 Jefferson Marinho

La vida en 6 minutos

 

Fue exactamente 6 minutos el tiempo para que mi hija naciera, desde el momento que entré en la sala de parto.

 

Me preparé en el baño, poniendo la ropa que me pidieron (casi igual a un cirujano, con gorro, máscara y creo que sólo faltaron los guantes). Comprobé si la cámara estaba con la tarjeta de memoria y tenía batería. Todo está bien.

 

Me quedé unos minutos en una habitación antes de que me avisaran que mi esposa estaba lista, y después de unos 15 minutos (meses) me hablaron que yo podía asistir al parto. Yo entré medio perdido, podría decir hasta qué un poco tonto, y vi que mi esposa estaba inerte en la mesa de cirugía, con todos los equipos, luces y todo lo que se tiene derecho, igual a las películas y series, en el estilo Grey’s Anatomy.

 

Los médicos se reían y conversaban, tratando de relajarme con el nerviosismo y yo intentaba controlarme para que no pareciera que estaba ansioso, sosteniendo mi boca firme para no parecer que estaba temblando. Yo sólo conseguía sonreír con las esquinas de la boca.

 

Intentaba respirar profundamente, con la esperanza de sincronizar mis latidos cardíacos con el monitor cardíaco de mi esposa, pero mis pulmones no colaboraban y parecían que estaban dentro de una caja de fósforo.

 

“No, no voy a desmayarme” – pensé. No tiene sentido eso, pues ya había asistido tantos partos en internet (normal, natural, cesárea, de cuclillas), pero hice la cuestión de quedarme al lado de mi esposa, detrás de todo, esta vez se trataba de ver el corte de las famosas 7 capas del cuerpo de mi mujer.

 

Pregunté a mi esposa si ella estaba bien, incluso después de tomar la inyección llamada Rack, ella sólo no sentía nada debajo del cuello, y respondió que estaba bien.

 

Comencé a sentir un olor a barbacoa, pero ¿sabes aquel olor de carne sin sal, apenas olor a carne? Me tomé imaginando por 1 minuto lo que sería eso, y cuando percibí que a cada ruido de la máquina al lado, segundos después sentía ese olor.

 

Me arreglé los ojos (mirando hacia abajo, para mi esposa no percibir), y pensé: “¡Puta mierda! ¡Es un bisturí eléctrico! “. Él corta y ya cauteriza para estancar el sangrado. Pero al bajar la cabeza, el anestesista apoyó la mano en mi hombro y preguntó si yo estaba bien, gentilmente informándome que si me desmayara, me quedaría tirado en el suelo hasta despertar, pues la prioridad era la mamá… Y claro que tenía sentido.

 

Pasaron mil cosas en mi cabeza, pero la única que se repetía cada segundo era: “¿Será que va a llorar cuando nazca? “. Era la mayor de las preocupaciones, y no podía escuchar nada más dentro de la habitación y no me movía. Parecía que era yo quien había tomado la rack.

 

Cuando me di cuenta, (escena de película, los sonidos vuelven) el obstetra dijo: “¡Va a nacer! “, Levanté aún medio perdido, encendí la cámara y empecé a filmar.

 

Primero salió la cabeza, los brazos y el resto del cuerpo. A continuación escuché el ruido más espeluznante y más importante en toda la tierra, el primer llanto de mi hija. Me reí, pero fue una risa mezclada con llanto y luego entré en un estado de éxtasis.

 

Nada, pero nada en el mundo se compara con la sensación de ver a tu hijo nacer. Nada en el mundo se compara a escuchar el primer llanto. Nada paga eso y nada tiene tanto valor, como ese momento.

 

No, no tomé esa famosa foto de papá, de mamá y del bebé. Me quedé unos segundos parado mirando a esa criatura y me pregunté: ¿Es así? ¡YO PIDO PERDÓN TODOS LOS DÍAS POR ESO! Pero pensé: “¡Dios mío, puse a una persona fea en el mundo!”. Me perdonan también, pero yo no sabía que los bebés nacían tan hinchados.

 

Esta sensación duró 3 segundos, y luego me acerco. Como un perro cuando es desconfiado, y va oliendo poco a poco y llegando cerca. En realidad, ¡yo tenía miedo! No sabía qué hacer, yo estaba desordenado.

 

Ella estaba en un aparato en el que no dejaba la temperatura del bebé disminuir, hasta acostumbrarse a la temperatura ambiente. Ellos la limpiaron, pesaron y yo seguía escuchando la mejor música de todas, aquel llanto violando los pulmones que no eran más vírgenes.

 

Tomé fotos, envié fotos en el grupo de whatsapp y para todo el mundo. Era la cosa más emocionante que ya había presenciado en la vida. Parecía que iba a estallar de tanta cosa que sentía.

 

Me pidieron salir, porque necesitaba terminar los procedimientos (coser las 7 capas) y esperé allá afuera hasta que mi reina y mi princesa fueran a la habitación. Me senté y lloré, lloré, lloré, lloré y lloré de solo. En silencio. Y lloré un poco más.

 

Yo creía que yo había presenciado el mayor momento de mi vida, como cité arriba, pero no lo fue. El mayor momento fue cuando ellos estaban preparando el cuarto, y tuvieron que dejar a mi hija en el exterior en esos carritos de maternidad, y esa hora, estaba solo yo y ella.

 

 

¿Sabes de aquel momento de coqueteo? Me quedé mirándola unos segundos de lejos, pensando de que llegaba cerca y sacaba una conversación. Fui dando algunos pasos cortos, y creo que si alguien me miraba, iba a pensar que yo iba a robar al bebé.

 

Pues bien, ella estaba envuelta en la manta de hospital, con gorro y quietita, apenas revolviendo la boca haciendo sonidos de perezosa, soltando gemidos.

 

“Yo paré, cogí ella en el regazo, miré hacia aquel rosto hermoso (ya la habían desinfectado bien?), Y dije con los ojos llenos de lágrimas (de nuevo):” Hola mi pretendienta, yo soy tu padre “.

 

Allí, fue cuando me di cuenta que aquella vida estaba dependiendo de la mía, y que iba a cambiar todo de una manera que yo jamás imaginaba. Es para siempre.

 

Este es mi relato de donde empezó mi vida.

 

Mi vida en 6 minutos.

 

Jefferson Marinho

Instagram: @papaidemenina

Blog: www.papaidemenina.com.br

Brasil

 

Texto original

A vida em 6 minutos

Foram exatamente 6 minutos o tempo da minha filha nascer, desde o momento em que eu entrei na sala de parto.

Me preparei no banheiro, colocando a roupa que me pediram (quase igual a um cirurgião, com touca, máscara e acho que só faltaram as luvas). Conferi se a câmera estava com o cartão de memória e se tinha bateria. Certo, tudo ok.

Fiquei alguns minutos parado em uma sala antes de me avisarem que a minha esposa estava pronta, e depois de uns 15 longos minutos (meses) me falaram que eu poderia assistir ao parto. Eu entrei meio perdido, poderia dizer até que meio tonto, e vi que a minha esposa estava inerte na mesa de cirurgia, com todos os equipamentos, luzes e tudo o que se tem direito, igual aos filmes e séries, no estilo Grey’s Anatomy.

Os médicos riam e conversavam, tentando me descontrair com o nervosismo e eu tentava não deixar transparecer que eu estava ansioso, segurando a minha boca firme para não parecer que eu estava tremendo. Então, logo, eu só conseguia sorrir com os cantos da boca.

Eu tentava respirar fundo, com a esperança de sincronizar os meus batimentos cardíacos com o monitor cardíaco da minha esposa, mas os meus pulmões não colaboravam e pareciam que estavam dentro de uma caixa de fósforo.

“Não, eu não vou desmaiar” – pensei. Não faz sentido isso, pois já tinha assistido tantos partos na internet (normal, natural, cesárea, de cócoras), mas fiz questão de ficar ao lado da minha esposa, atrás de tudo, em vez de assistir ao corte das famosas 7 camadas do corpo da minha mulher.

Perguntei para minha esposa se ela estava bem, mesmo depois de tomar a injeção diva chamada Rack, ela só não sentia nada abaixo do pescoço, e respondeu que estava bem.

Comecei a sentir um cheiro de churrasco, mas sabe aquele cheiro de carne sem sal, apenas cheiro de carne? Me peguei imaginando por 1 minuto o que seria isso, e quando percebi que a cada barulho da máquina ao lado, segundos depois sentia esse cheiro.

Arregalei os olhos (olhando para baixo, para minha esposa não perceber), e pensei: “Puta merda! É um bisturi elétrico! ”. Ele corta e já cauteriza para estancar o sangramento. Mas ao abaixar a cabeça, o anestesista encostou a mão no meu ombro e perguntou se eu estava bem, gentilmente informando que se eu desmaiasse, eu iria ficar caído no chão até acordar, pois a prioridade era a mamãe. Fazia sentido.

Se passaram mil coisas na minha cabeça, mas a única que se repetia a cada segundo era: “Será se ela vai chorar quando nascer? ”. Era a maior das preocupações, e não conseguia escutar mais nada dentro da sala e nem me mexer. Parecia que era eu que tinha tomado a diva rack.

Quando me dei conta, (cena de filme, os sons voltam) o obstetra disse: “Vai nascer! ”, eu levantei ainda meio perdido, liguei a câmera e comecei a filmar.

Primeiro saiu a cabeça, os braços e o resto do corpo. Em seguida escutei o barulho mais assustador e mais importante em toda face da terra, o primeiro choro do seu filho. Eu ri, mas foi uma risada misturada com choro e logo depois entrei em um estado de êxtase.

Nada, mas nada no mundo se compara a sensação de assistir o seu filho nascer. Nada no mundo se compara a ouvir o primeiro choro. Nada paga isso e nada tem tanto valor, quanto a esse momento.

Não, eu não tirei aquela famosa foto do papai, da mamãe e do bebê. Eu fiquei alguns segundos parado olhando para aquela criatura e me perguntei: É assim mesmo? EU PEÇO PERDÃO TODO DIA POR ISSO! Mas eu pensei: “Meu Deus, coloquei uma pessoa feia no mundo! ”. Me perdoem vocês também, mas eu não sabia que os bebês nasciam tão inchados.

Essa sensação durou 3 segundos, e depois fui chegando perto. Sabe cachorro quando é desconfiado, e vai cheirando aos poucos e chegando perto? Na verdade, eu tinha medo! Não sabia o que fazer, eu estava bagunçado.

Ela estava em um aparelho em que não deixava a temperatura do bebê diminuir, até acostumar com a temperatura do ambiente. Eles a limparam, pesaram e eu continuava escutando a melhor música de todas, aquele choro estufando os pulmões que não eram mais virgens.

Tirei fotos, mandei fotos no grupo do whatsapp e para todo mundo. Era a coisa mais emocionante que eu já tinha presenciado na vida. Parecia que eu ia explodir de tanta coisa que eu estava sentindo.

Pediram para eu sair, pois precisavam terminar os procedimentos (costurar as 7 camadas) e esperei lá fora até a minha rainha e a minha princesa fossem para o quarto. Sentei, e chorei, chorei, chorei, chorei e chorei de soluçar. Em silêncio. E chorei mais um pouco.

Eu achava que eu tinha presenciado o maior momento da minha vida, conforme citei ali em cima, mas não foi. O maior momento foi quando eles estavam preparando o quarto, e tiveram que deixar a minha filha do lado de fora naqueles carrinhos de maternidade, e essa hora, estava só eu e ela.

Sabe aquele momento de paquera? Eu fiquei paquerando ela alguns segundos de longe, pensando de chegava perto logo e puxava um papo. Fui dando alguns passos curtos, e acho que se alguém me olhasse, ia pensar que eu ia roubar o bebê.

Pois bem, ela estava enroladinha no cobertor de hospital, com touca e quietinha, apenas mexendo a boca fazendo sons de preguiça, soltando gemidinhos.

Eu parei, peguei ela no colo, olhei para aquele rostinho lindo (já tinha desinchado ok?), e disse com os olhos cheios de lágrimas (de novo): “Oi minha pretinha, eu sou teu pai”.

Ali, foi quando me dei conta que aquela vida estava dependendo da minha, e que ia mudar tudo de um jeito que eu jamais imaginava. E para sempre.

Esse é o meu relato de onde a minha vida começou.

A minha vida em 6 minutos.

 

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